El ratio entre créditos denominados en dólares y depósitos totales llegó a máximos no registrados desde 2019, consolidando una reorientación deliberada de la política de financiamiento. El Gobierno, enfrentado a la contracción del crédito en pesos, ha decidido promover la moneda extranjera como alternativa estratégica de expansión crediticia.
Esta estrategia implica una flexibilización gradual de los requisitos que enmarcan las operaciones en dólares, permitiendo que bancos e intermediarios financieros amplíen sus carteras de préstamos denominados en moneda extranjera. El objetivo es desatar un potencial de inversión y crecimiento que permanece atrapado por la falta de acceso al financiamiento en pesos.
Los beneficios potenciales de esta opción son claros. Sectores productivos podrían acceder a capital de trabajo. Proyectos de expansión podrían ejecutarse. El sistema financiero obtendría nuevas fuentes de rentabilidad. Sin embargo, la literatura especializada y los antecedentes históricos subrayan los riesgos inherentes.
La principal vulnerabilidad surge de la asimetría de monedas. Deudores cuya actividad genera ingresos en pesos se endeudan en dólares, creando una exposición al riesgo de depreciación. Si el peso pierde valor frente a la divisa estadounidense, la carga de la deuda se incrementa automáticamente en términos de capacidad de repago.
A nivel de economía en su conjunto, una elevada dolarización del crédito reduce la capacidad de maniobra de las autoridades monetarias y expone a la estructura económica a volatilidades cambiarias. La pregunta que subsiste es si la tendencia continuará intensificándose o si encontrará frenos naturales en el contexto macroeconómico.
Imagen: Roman Manshin / Unsplash – Con informacion de Ámbito





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